
La historia del Jazz suele escribirse según las revoluciones que cada artista ha protagonizado, por el mérito de "ir más allá que los demás". De este modo, Louis Armstrong fué el primero en darle importancia a un instrumento solista... sin él no habría un Miles Davis, ni un John Coltrane... sin él, probablemente otro habría llegado a ese mismo punto, pero Louis Armstrong además tenía un talento descomunal. Coleman Hawkins, por ejemplo, fue el primero en interpretar un tema sin prácticamente tocar dicho tema, sólo esbozando la melodía y luego volando libremente... sin él no habría un Charlie Parker, ni un Dave Brubeck... sin él, probablemente otro habría llegado al mismo punto, pero es que Coleman Hawkins además tenía un talento inmenso. Y se pueden decir cosas parecidas de gente como Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Charles Mingus y muchos otros gigantes del jazz. Pero al contar una historia del jazz basándose en estas proezas, suele pasar que músicos como Johnny Hodges sólo tengan una pequeña mención sin importancia, y eso es una injusticia, porque talento, lo que se dice talento, Johnny Hodges tenía a raudales.
Muchas veces sólo se le recuerda como "el saxo de la orquesta de Duke Ellington", un músico especializado en baladas, una faceta que Ellington explotó en él ("Day Dream", "Finesse" ...), temas etéreos ("Pasion Flower", "Blood Count"...), pero que también podía tocar de una manera rápida y apasionante (su solo en el "In A Mellotone" de 1940 es la definición misma de "swing") y que además era todo un maestro del blues ("Jeep's Blues" y básicamente cualquier cosa que tocase lo hacía con un feeling digno de alguien que hubiera vendido su alma al diablo).
El problema es que Johnny Hodges no murió joven o de una manera violenta, lo hizo a los 64 años de un ataque al corazón en una visita rutinaria al dentista. Tampoco tuvo una vida llena de escándalos, problemas de drogas, violencia y sexo... al menos que se sepa, porque al igual que Duke Ellington era tremendamente reservado. Y por lo que parece tampoco tenía una personalidad arrebatadora fuera de los escenarios, casi nadie suele citar anécdotas protagonizadas por este hombre e incluso Ellington en su funeral le dedicó unos elogios, que si bien como músico lo ponían por las nubes, como persona lo dejaban a la altura de cualquier ser humano gris y vulgar.
Si fuera por mí, Johnny Hodges se merecería un capítulo aparte en cualquier historia de la música, es una de mis debilidades. Un músico que cada vez que aparece en una grabación, simplemente la hace más bella... un talento al alcance de muy pocos.

A principios de los años 50 Johnny Hodges decidió abandonar la orquesta de Duke Ellington, animado por Norman Granz, promesas de más notoriedad, más éxito y más dinero... pero las cosas no salieron bien y al cabo de unos pocos años volvió con su antigua orquesta (a la que tampoco le iban mucho mejor las cosas) con una nómina, eso sí, de verdadera estrella.
Este disco que se reedita ahora con un sonido sensiblemente mejorado ( y una chapuza tremenda, ya que se equivocaron en los títulos de los temas) es de los últimos que grabó en esa etapa en solitario y en mi opinión pocas veces volvería a tocar con tanta intensidad y gusto... no me entendáis mal, Johnny Hodges jamás tocó mal, jamás... pero poco a poco fue perdiendo fuerza, se acomodó en los lugares habituales en los que se había hecho grande (baladas y temas tranquilos) y hasta cierto punto dejó de querer "demostrar de lo que era capaz"... hay que reconocer que sus buenos tiempos habían pasado hace mucho mucho tiempo. Allá por los años 30 y principios de los 40 sencillamente no tenía rival!
Pero a lo que iba, este disco de 1954 es una pequeña maravilla. Johnny Hodges se rodea de antiguos compañeros de la orquesta de Duke Ellington como Lawrence Brown, Shorty Baker, Jimmy Hamilton, Harry Carney o Louis Bellson (un batería de la vieja escuela, de los que le gustan más los detalles que la pirotecnia) y algún otro, como un jovencísimo John Coltrane, cuyo único mérito en este caso es aparecer en los créditos.
El repertorio es básicamente una colección de baladas y temas lentos, donde cada uno de los músicos tiene un papel protagonista pero donde sobre todo destaca Johnny Hodges, como en el "Sunny Side Of The Street" maravilloso a medias con Lawrence Brown, la sentida interpretación del clásico de Ellington "Warm Valley", la breve "Sweet Lorraine" o la primera grabación del "All Of Me", un tema que se convertiría en una constante en su repertorio y que cierra el disco (aunque por culpa de la chapucera edición no aparezca en los créditos).
En fin, un disco que a pesar de no cambiar la historia del jazz, para mí es una de las cumbres de este estilo. Aquí no hay solos eternos, deconstrucciones melódicas y demás pajas mentales... solo unos artistas interpretando música de una manera que desgraciadamente se perdió con ellos... solos de apenas un par de minutos, donde parecía que cada una de las notas que tocaban tenía una importancia monumental, inspiración y sobre todo, mucho talento!